Día 1 | El Glocal Camp desde un risco

Las escamas de los pejines desprendían un color plateado con el reflejo del sol. Cuando los pescadores extendían la mercancía en la playa, el barrio relucía. De ahí toma su nombre La Hoya de la Plata, uno de los barrios marineros más pintorescos de la isla de Gran Canaria. Sus calles se llaman Estrella de Mar, Cangrejo, Boquerón o Salmón, y algunos de sus vecinos todavía recuerdan que un maremoto arrasó las casas costeras allá por 1953.

Desde entonces, han pasado por delante los años y la democracia y los sucesivos gobiernos van acumulando paredes descascarilladas y promesas incumplidas sobre políticas de restauración y recuperación del barrio. En el primer día de esta edición del Glocal Camp Canarias 2018 nos vamos a conocer las periferias.

Yeray es uno de los habitantes de 11 años de La Hoya de la Plata y ya ha enviado, con su letra grande y torcida, una postal al alcalde: “Que quiten los muros y los pongan buenos”. “El presupuesto municipal nunca llega a la periferia”, escribe otra vecina. “Vengan a verlo”, pide otra. “Nuestros muros se caen a pedazos y hasta que no ocurra una desgracia no vais a tomar medidas”. Trescientas postales recibió el ayuntamiento con las reivindicaciones de los vecinos y vecinas de la Hoya de la Plata. Los encargados de repartir los sellos fue el equipo artístico PSJM, formado por dos artistas, Cynthia Viera y Pablo San José, que decidieron usar su arte para hacer política cuando, en un intento de hacer una intervención artística en sus calles, se encontraron con que apenas quedaban muros en buen estado a los que arrimar la brocha.

“Queríamos enseñar a los niños a reivindicar lo común, a que reclamaran lo que es suyo”, cuenta Pablo mientras muestra la exposición que han organizado en una de las salas del Gabinete Literario de Las Palmas, en plena plaza de Cairasco, justo en el corazón de Vegueta. “Para nosotros era muy importante traer a un enclave algo elitista una problemática de la periferia”, sigue Pablo. A escasos 500 metros de él, un enorme puro humeante que fuma un hombre postrado en la mesa de un bar emborrona la majestuosa entrada al imponente edificio.

Así se han inventado ambos artistas un proceso de arte participativo. No solo han activado la asociación de vecinos -que ha pasado de tener diez socios a ser más de cien personas en las asambleas en apenas dos meses- sino que han conseguido el compromiso del concejal de urbanismo para financiar el proyecto que salga de ese proceso deliberativo que van a coordinar los propios vecinos. Ambos artistas, estrechamente relacionados con el barrio, han lanzado una campaña de contra-publicidad bajo el eslogan ‘Hoya de la Plata. Las mejores vistas de Las Palmas’. Bajo ese titular, dos fotografías: la de un bello atardecer con el cielo de mil colores, y la de un muro medio derruido que precisa con urgencia ser restaurado. Como ese, unos cuantos, y todos fotografiados en instantáneas de contraste convertidas en postales que retratan las dos caras de un barrio situado donde la ciudad empieza a perder su nombre.

En esta primera visita tocamos esa diferenciación que se hace desde las instituciones, a veces de forma inconsciente, por puro olvido, desconocimiento o dejadez, entre los barrios de primera y los de segunda; aquellos que bordean el centro y las zonas comerciales, para los que no quedan apenas recursos municipales ni páginas de periódicos. En la ladera de uno de los riscos que salpican la ciudad de Las Palmas, al estilo de los morros de Río de Janeiro donde se asientan las favelas o de los cerros en Chile donde se encuentran las comunidades y barriadas populares, se localiza el Risco de San Nicolás. La guagua te deja en las faldas del barrio, en pleno centro neurálgico de la ciudad, cerca de la catedral y de los bares de tapeo y afterwork de Vegueta.

Los vecinos del risco de San Nicolás bajan a hacer la compra a un mercado de la parte baja aunque la competencia creciente del enorme Mercadona que pusieron hace pocos años en un terreno cercano (que en principio estaba destinado a albergar instalaciones deportivas) va acabando con todos los pequeños comercios que salpicaban este barrio de mil escalones y vallas de colores. Tamara, integrante del Colectivo MICROmacro y vecina del risco de al lado, el de San Antonio, explica que, curiosamente, el reparto a domicilio del Mercadona no sube la cuesta del risco.

La recuperación de barrios depauperados suele pasar, primero, por una fase de desvalorización del suelo que abona el terreno para el pelotazo especulativo: comprar barato, vender caro. Las vecinas salen a recibirnos con café y merienda a una plaza llena de flores y pinturas que ellas mismas recuperaron. “Este solar antes era un basurero, y fíjate ahora”, comenta una, mientras abre una caja de latón con galletas de jengibre que ha preparado esta mañana. “Las constructoras ya han empezado a comprar casas por aquí a un precio bajísimo” explica Tana, otro de los vecinos que acaba de llegar con una cafetera en la mano. “Parece que solo refuerzan los servicios del barrio cuando preparan el proceso de colonización”, algo que será progresivo y silencioso, salvo para los que llevan toda la vida viviendo ahí.

La historia no es nueva, ya ocurrió en otros barrios de tantas ciudades. Los tentáculos de la gentrificación no le hacen feos ni a la playa ni a la montaña, ni a la isla ni a la península. “Si cuidan el barrio, cuidan la ciudad. Todo lo bueno que hacen aquí repercute en el conjunto”. Y al revés. El olor a café invade la plazoleta del risco a la vez que el sol, poco a poco, va cediendo espacio al fresco de la tardenoche. “Hay que convencer a la opinión pública, porque si nosotros estamos convencidos, los políticos no se pueden negar”. Tana y el resto de vecinas se despiden. La subida por las mil escaleras hacia el mirador la ameniza un mural, fruto de un taller para los chavales del risco organizado durante el encuentro de Arquitecturas Colectivas el verano pasado con el lema Cultura en lucha. Desde arriba se ve una panorámica perfecta de una ciudad de contrastes. La catedral, la calle Triana, los barcos petroleros, los riscos. Los niños corretean entre callejones y casas de colores, entre montones de chatarra, terrazas, ventanas enrejadas y alguna chabola. Mientras paseamos, crece la sensación de estar viendo algo real, vivo, cotidiano, alejado de las falsas fotos de postal plastificadas con las que engatusan a los turistas. Quizá no saben que se pierden unas de las mejores vistas de la isla.